"CONTOS DE VELLAS" : Blog A Quinta da Auga

CONTO N4.- ¨Spa Santiago de Compostela¨

...El vapor que abrazaba el cuerpo como una niebla gallega domesticada.

Abuela Carmen:   Ven aquí, meu filliño… acércate más.
Que hoy no voy a hablarte de un lugar.

Hoy voy a hablarte de una sensación.

De esas que aparecen una sola vez en la vida… y después uno pasa años intentando volver a encontrarlas.

Porque hay recuerdos, cariño, que no nacen de las personas.
Ni siquiera de los viajes.

Nacen de cómo uno se sintió en un instante exacto mientras el mundo seguía girando ahí fuera.

Y eso fue lo que me ocurrió aquella noche en Santiago.

Llovía.

Claro que llovía.

En Galicia hasta la lluvia parece tener educación, caer despacito, como si pidiera permiso antes de tocar la tierra.

Las piedras mojadas brillaban bajo las luces antiguas y toda la ciudad olía a madera húmeda, a chimenea encendida y a ese silencio elegante que solo existe cuando cae la noche en Compostela.

Yo caminaba sin prisa… aunque, si te digo la verdad, llevaba demasiados años viviendo deprisa por dentro.

Y fue entonces cuando lo encontré.

O quizá… fue él quien me encontró a mí.

Un pequeño refugio escondido entre la calma de la ciudad.

Un lugar donde el agua parecía hablar bajito y las paredes protegían del ruido del mundo.

Un auténtico Spa Santiago de Compostela.

Pero escucha bien esto, meu meniño…

No hablo de un spa cualquiera.

No.

Hablo de uno de esos lugares donde, al entrar, el cuerpo todavía no entiende nada… pero el alma sí.

Porque hay sitios que no necesitan impresionar.

Les basta con hacerte sentir seguro.

Y aquello… aquello era exactamente eso.

Seguridad.

Calma.

Calor.

Como volver a casa después de haber estado perdido mucho tiempo.

Recuerdo el sonido del agua.

No caía.

Susurraba.

Como si conociera secretos antiguos de Galicia.
Como si llevase siglos escuchando el cansancio de la gente.

Y mientras el vapor subía lentamente, yo empecé a notar algo extraño.

El pecho pesaba menos.

Los pensamientos se ordenaban solos.

Hasta la tristeza parecía quedarse dormida allí dentro.

¡Ay, filliño…!

Qué poco hablamos del cansancio invisible.

Ese que no se cura durmiendo.
Ese que uno arrastra durante años sonriendo por fuera mientras se rompe despacito por dentro.

Pues bien…

aquella noche, en aquel Spa Santiago de Compostela, sentí por primera vez en mucho tiempo que podía descansar de verdad.

No descansar el cuerpo.

Descansar la vida.

Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

Mientras cerraba los ojos dentro del agua caliente, escuché una música lejana.

Muy suave.

Como una nana antigua.

Como esas canciones que las abuelas cantaban antes, cuando aún sabían curar la tristeza:

´´A saia da Carolina ten un lagarto pintado.

Cando a Carolina baila, o lagarto dálle ó rabo.

Bailaches Carolina?

Bailei, si señor.

Dime con quen bailaches.

Bailei con meu amor.

Bailei con meu amor...´´

Y durante unos segundos… te lo prometo, meu neno…

sentí que el tiempo se detenía.

No avanzaba.
No retrocedía.

Simplemente… descansaba conmigo.

Quizá por eso dicen que hay lugares en Santiago que tienen algo mágico.

No magia de cuentos.

Magia gallega.

De esa que no necesita demostrarse porque se siente.

La misma magia que vive en la niebla cuando cubre los bosques.
La misma que esconden las corredoiras vacías al amanecer.
La misma que hace que la morriña aparezca incluso antes de marcharte.

Porque eso fue lo más extraño de todo.

Aún estaba allí… y ya empezaba a echarlo de menos.

Desde aquella noche entendí algo importante.

Que un buen Spa Santiago de Compostela no debería servir solo para relajarse.

Debería servir para recordar quién eres cuando el ruido desaparece.

Y eso… eso no lo consiguen muchos lugares.

Al salir, la lluvia seguía cayendo despacito sobre Compostela.

Las luces temblaban en los charcos.

Y la ciudad parecía más lenta, más humana, más bonita.

Entonces respiré hondo… y noté algo que hacía años no sentía.

Paz.

Pero no una paz grande y espectacular.

No.

Una paz pequeña.

Silenciosa.

De las que se quedan viviendo dentro de ti sin hacer ruido.

Por eso, cariño mío, cuando algún día la vida te pese demasiado…

cuando el mundo te obligue a correr más rápido de lo que tu corazón puede soportar…

hazme caso.

Busca un rincón donde el agua hable bajito.
Donde el silencio abrace.
Donde el tiempo vuelva a caminar despacio.

Busca un Spa Santiago de Compostela.

Porque hay lugares que uno visita…

y hay otros, meu meniño…

que terminan viviendo para siempre dentro del alma.